Chaves

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"Andar y contar es mi oficio"

lunes, 29 de junio de 2015

La crueldad marroquí (Carlos Navarro a la manera de Manuel Chaves Nogales)

Este curso hemos propuesto en el itinerario de lectura de 4º de ESO, la colección de relatos A sangre y fuego, de Manuel Chaves Nogales. Como tarea asociada a esta lectura hay que escribir un relato sobre la Guerra Civil española en el que aparezcan varios de los personajes de la obra. Carlos Navarro, de 4º C, ha escrito este estupendo documento a la manera de Chaves Nogales:


La crueldad marroquí (a la manera de Chaves Nogales)
Caía la noche sobre Bilbao y los niños empezaron a salir del refugio. Un nuevo día había pasado ya, un día más en aquel apestoso lugar, única salida para resistir ante los bombardeos constantes de los aviones alemanes e italianos. José Mari, Chomin, Iñasio y Carmenchu volvieron a abrazarse a sus padres, disfrutando de un poco de aire fresco, disfrutando de la vida cuando lo único disfrutable era sobrevivir. Sin embargo, a dos kilómetros del refugio, la casa se había derrumbado. Los padres no sabían realmente a dónde ir, sumergidos en un auténtico mar de dudas. Allí, en Bilbao, sólo les quedaba el refugio, un sitio donde estaban relativamente seguros; coger el coche y escapar a cualquier otro lugar era una apuesta arriesgadísima. Sin embargo, allí junto a ellos, daba la sensación de que, al fin, la familia había tenido un golpe de suerte: pegado a una columna se encontraba aquel héroe del que tanto habían leído, un espíritu libre que confiaba en las personas… hasta que dejó de confiar. Pero, casi como un milagro, allí estaba Bigornia, apostado junto a su mujer y sus hijos.
-’Conozco un sitio a donde podéis ir; allá al norte, un pequeño hotel que es llevado por un grupo de mujeres que también son comunistas, como vosotros. Yo os escoltaré desde aquí hasta allí y me preocuparé de que no corráis ningún riesgo. También mi familia se hospedará allí por un tiempo, ya que yo mientras me ocuparé, con la ayuda de los camaradas rusos, de volver a ser útil a este país’.
Emprendieron el viaje, embutidos como salchichas, pero sabiendo que les esperaba algo mejor, un lugar donde estar seguros de las bombas alemanas, al amparo de sus amigos rojos. Bigornia avanzaba sin dificultad, haciendo amigos por el camino y hablando de cómo su próxima empresa, ya utilizando los nuevos tanques rusos, iba a ser devastadora. Tras una larga noche de viaje, ambas familias llegaron a su nuevo destino, un hotel vacío pero que parecía tranquilo y coqueto al amparo de tres joviales señoritas: Rosario, Carmen y Adela. Pronto los nuevos huéspedes confirmaron que Bigornia tenía confianza con ellas, ya que les consiguió la mejor habitación posible. Allí estaban a salvo, lejos de los ruidos de los bombardeos en un lugar que, teóricamente, no estaba en la lista preferencial de las tropas de Franco. 
 Al día siguiente, los 4 niños avistaron que algo fallaba. Algo estaba pasando. Sus padres estaban fuera, tomando un café tranquilamente, sin percatarse de nada. Pero tras dar un garbeo por el hotel, Carmenchu y los niños que la seguían se dieron cuenta de que el hotel estaba completamente vacío. No había nadie aparte más allá de su familia. Estaban solos.
Ahora lo comprendían todo. José Mari había escuchado la pasada noche ruido abajo. En ese preciso instante se percató de que Rosario, Carmen, y Adela, habían decidido abandonar el hotel para… quién sabe qué. Empezaron a rezar por ellas.
Al cabo de un rato llegó Bigornia, que aún se encontraba preparándose y empapándose del espíritu de guerra antes de empezar a manejar el tanque ruso con el que esperaba volver a encontrar la vida. Bigornia, al percatarse de que su familia (que él había puesto a salvo) ya no estaba allí, puso sobre aviso a la familia de que recogiera todo cuanto tenían allí y de que buscasen un nuevo destino. Adela, Carmen y Rosario habían sido detenidas y el hotel iba a ser desvencijado más pronto que tarde. Para cuando lo dijo, ya fue tarde.
Mohamed y sus secuaces marroquíes entraron con violencia en el hotel. Sin embargo, se percataron de que no había nadie -o casi nadie- allí. Hasta que vieron la presencia de aquella familia vasca y, ¡ah! Aquel maldito ogro al cual ya se había cruzado una vez. Bigornia le recordaba aquella derrota en las inmediaciones de Bilbao, una de las pocas veces que la voluntad de los marroquíes había sido quebrada. Mohamed se lanzó con fuerza a por Bigornia, que se lo quitó sin mayores complicaciones de encima. Pero para cuando estaba en el suelo, Bigornia ya había sido víctima de una ráfaga de balas a traición que ni tan siquiera le permitieron sonreír viendo a Mohamed en el suelo. Las tropas musulmanes sabían que no había nada más allí, pero Mohamed los dirigió a ese lugar por pura sed de venganza. Para cumplir alguna cuenta pendiente que le evocaba aquel viejo y sucio hospital.
Desde fuera, la familia bilbaína veía como Bigornia moría sin poder hacer nada. Para cuando los niños empezaron a correr carretera atrás, algunos bárbaros musulmanes ya habían fusilado a aquel hombre y a aquella mujer que tenían un amplio historial comunista. Carmenchu, José Mari, Iñasio y Chomin corrían con todas sus fuerzas, escapando de un destino que les abrazaba, cuando de repente se encontraron con una tropa de milicianos liderados por el ‘cazateroros’ Arnal. Los milicianos tenían una única misión: eliminar a aquella panda de bárbaros a los que no consideraban ni españoles y que tantos, tantos estragos habían hecho. José Mari les indicó a donde ir: simplemente con seguir dos o tres kilómetros hacia delante se los encontrarían. Arnal lo agradeció y le indicó a un miliciano que iba armado que se quedará allí y se encargara de ellos. José Mari les deseó lo mejor: quería que vengaran la muerte de sus padres.

Así pues, la milicia del reconvertido Arnal avanzaba hacia arriba, cuando se topó justo de frente con los bárbaros marroquíes. Mohamed y sus amigos los avasallaron. Los bárbaros eran más potentes, más fuertes, más hábiles, y peleaban con mucha más pasión. Para cuando habían terminado con su propósito, siguieron adelante. Al cabo de 4 kilómetros, se toparon con el miliciano Pedro, rodeado por cuatro jóvenes. Pedro, lógicamente, no pudo hacer nada por evitar su muerte. Pero, ¿acaso podrían hacer algo aquellos almas de cántaro contra todo un ejército musulmán? Podrían, pero José Mari, el mayor, en un arrebato de rabia, se lanzó y desgarró a uno de los marroquíes, impulsado por la fuerza y por la sed de venganza. Eran jóvenes y les faltaba cabeza. Y en la guerra, todo se paga. Así, Mohamed y los suyos siguieron imparables, contra todo y contra todos: aquellas chicas del hospital, Bigornia, Arnal y sus milicianos, y aquellos niños indefensos que ni tan siquiera sabían contra qué y por qué se luchaba.

Carlos Navarro 

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