Chaves

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"Andar y contar es mi oficio"

miércoles, 10 de mayo de 2017

El Fuego de la memoria: algunos microrrelatos de 1º de Bachillerato D

Hace unos días, cuando caminaba por una calle céntrica de la ciudad, percibí un fuerte aroma a pastas horneadas: una mezcla de masa de harina con anís y otros aditivos que no acierto a identificar, que procedían de un convento de clausura muy antiguo al que mi madre acude con cierta frecuencia a comprar sultanas, magdalenas y bollitos de leche, pero que en conjunto me trasladaron a esos primeros años de los que tengo conciencia de mi infancia, en esas mañanas luminosas de verano en nuestro pueblo. De repente, me vi subida en una bicicleta color malva con un canasto en el manillar con la que diariamente me desplazaba hacia el horno para comprar el pan y, a veces, algunas pastas típicas de allí que solía desmigar en el cuenco de leche. 
Ese olor a despertar ansiosa por asearme y subirme en la bici que tanto me gusta y transitar por las calles saludando a la gente que tan familiarmente me trata siempre que voy.
En definitiva, un olor a verano, naturaleza, libertad, familia y amistad.
Unos instantes, tan fuerte como un tornado, me envolvió sin darme cuenta y me llevó cientos de kilómetros hasta el lugar que alberga mis más entrañables recuerdos.



               

Observo los árboles que vamos dejando atrás mientras mi padre acelera el coche para conseguir pasar el semáforo. No presto atención a sus comentarios sobre lo que supuestamente tengo que hacer una vez que lleguemos a casa, al igual que tampoco estoy concentrada en el ruidito que hace el móvil de mi hermano cada vez que le llega un nuevo mensaje, o en los maullidos de mi gata que está cansada después de tanto viajar. Estoy inmersa en mis pensamientos cuando, de repente, en la radio comienza a sonar una de mis canciones favoritas. 


Poco a poco, el coche comienza a desaparecer ante mis ojos, y pronto me encuentro entre un montón de gente con ilusión en los ojos. Todos miran fijamente el escenario, el trailer ha terminado hace poco y las luces menguan mientras los primeros acordes comienzan a sonar. En el momento en el que los veo, mis ojos se humedecen y comienzo a cantar. La piel se me eriza mientras muevo la cabeza al ritmo de la música, y el pulso se me acelera al darme cuenta de que estoy cumpliendo uno de mis sueños. Doy comienzo a un movimiento de caderas suave, mientras saco el móvil para...


- Alba, ¿puedes escucharme de una vez? 

Y tal como me he ido, vuelvo a la realidad gracias al reproche de mi padre. Ya no queda nada de aquella tarde de verano, solo un escalofrío que me recorre de pies a cabeza y una memoria que juro no olvidar. 



Me encontraba desolado. Parecía como si mi corazón estuviese siendo comprimido, como si una manada entera de rinocerontes estuvieran corriendo por encima de él. Sentía una gran acumulación de sentimientos totalmente contrarios que no se ni cómo describir. Pero ya había sucedido, ya no había vuelta atrás. Me encontraba volviendo a llorar por él, cosa de la que no me siento orgulloso. Todo esto simplemente por su olor. Este había invadido mi cuarto, y mis emociones. Su olor era irreconocible; esa mezcla de mi colonia favorita de Adidas, mezclada con el olor a tabaco y sudor. A mi mente se vino la ultima vez que le vi, nuestro último momento juntos.
Me encontraba en mi cafetería favorita esperándole, en la mesa donde siempre nos sentábamos. Junto a la ventana. Le vi entrar por la puerta. Desde el momento en le que simplemente miró para ver si estaba allí y se acercó cabizbajo, noté que algo no iba bien. Se sentó y me contó lo que le pasaba. Realmente, estaba rompiendo conmigo. Al parecer, tras tanto yo alentarle de que le contase a su padre que estaba con un chico, lo había hecho. El no se lo había tomado bien. No lo aceptaba. Salió del local y allí me quedé yo, tomándome el resto de mi cappuccino. Sintiendo la misma mezcla de emociones que siento ahora mismo.





Mi abuelo tenía una pequeña panadería en la cual preparaba todo tipo de bollos sabrosos. Los panes que el hacía con sus manos podían hacer el día perfecto para cualquier persona con sentido del gusto, eran crujientes, tenían una forma perfecta y tenían un regusto que los diferenciaban de las demás panaderías del pueblo.

Cada fin de semana me dejaba ir a su panadería para probar sus últimas creaciones, una de ellas fue el intento de crear un cisne hecho de pan. Al final le fue imposible crear esa forma pero después de comerlo no me importaba en absoluto. Allí fue donde pasé los mejores momentos de mi vida, y mira que no estaba interesado en la bollería, pero creo que eso se debía a que pasaba el rato con mi abuelo. Al final del día siempre me regalaba montones de panes para comérmelos en mi casa.

Iba sin falta todos los domingos, y creo que por esa razón aprendí a como elaborar pan de manera indirecta. Era todo perfecto, hasta que de repente mi abuelo dejó de aparecer en la panadería. Para finalmente enterarme de algo que sabía que pasaría pero que nunca esperaría. En ese momento entendí que el pan de mi abuelo podía alegrarte la vida pero no evitar perderla.

Ese mismo día, un año después, decidí visitar la panadería, la cual iba a ser propiedad de otra empresa, para hornear el último pan. Lo hice casi tan bien como lo hacía mi abuelo, pero al momento de comerlo noté que ese bollo era especial, fue el primer pan que me hacía llorar mientras recordaba los buenos momentos con mi abuelo.

Carlos lópez 

Blog de LCL: "El blog de Carlos López" 

 

Por muchas causas, yo he tenido que huir de mi país y vivir en otro. Ha sido largo mi viaje por todos los paíes en los que he estado y todavía me esperan más aventuras por vivir en mi camino. 
Al principio, me parecía muy difícil convivir con las nuevas condiciones de vida, pero a pesar de todo, lo más importante de los momentos difíciles es madurarse, y darse cuenta de que la vida está llena de dificultades. Pienso así, porque los jóvenes tendemos a pensar que la vida es perder el tiempo, jugar y pasarlo bien, mientras es una cosa totalmente diferente. Eso sí, no hay que ser todo el tiempo serio, sino que se puede pasarlo bien pero con límites. 
Como todas las personnas que viven fuera de su país, a veces me encariño y me entran ganas de visitar a mi país y a mis amigos. Lo que más me vuelve cariñoso son los medios de comunicación por los cuales hablo con mis amigos, veo sus fotos, etc. Cada vez que veo las fotos de mis compañeros de clase en las redes sociales me late más rápido el corazón. Ese sentimiento al ver que mis compañeros siguen allí, y recordar todas las risas, las conversaciones, los exámenes, las clases y todo lo que hacíamos para divertirnos, es irresistible. Pero aún hay más recuerdos que yo destaco por haber formado una parte importante de mi juventud. Sin embargo uno de estos recuerdos es el día de recibir mis notas del primer año.
Era un día duro en todos los sentidos; acabábamos de volver de un viaje de la familia, del que se suponía que íbamos a disfrutar después de haberse acabado los exámenes finales. Un viaje en el que todo el mundo lo pasó bien, menos yo. En cada minuto me preguntaba: ¿voy a abrobar?. Ésta fue la primera causa por la que me sentía como un inútil. Mis padres me querían comprar un regalo, y yo reaccioné diciendo que no, por sentir que no me lo merecía. Después de un largo viaje, llegó el día. Mi corazón estaba latiendo a mil, esperando a que llegara la hora, y por fin, llegué a mi instituto y me entregaron las notas. Saber que había aprobado fue un alivio para mí. En cambio, mis padres estaban enfadados, porque las notas no les parecieron satisfactorias. Era un tiempo muy difícil, pero al fin y al cabo, todo se acabó, y empezó un nuevo rollo, y así sucesivamente. 

Todos estos recuerdos nos hacen pensar de nuevo en lo que podríamos haber hecho. Nos conducen a un mundo totalmente distinto en el que nos gozamos de todos estos eventos, tanto buenos como malos, siendo unos sentimientos transmitidos que a su vez, nos hacen entender que nunca se volverán a repetir esos momentos importantes en nuestra vida

 Aziz Al Shekh

Blog de LCL: Blog de LCL de Aziz


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